lunes, 4 de junio de 2012

Vivir. 
Morir. 
A la hora del Dolor
convergen los senderos del Temor. 
A la hora de la Venganza
se desnuda la Conciencia
y se trasnocha la Paciencia.
Se aviva el Resquemor. 
Perseguí un rastro de cabellos  castaños
                                               rubios
                                               rojizos
sin dar lugar a un silencio cierto. 
Sin dar lugar a unas pupilas apuntándome. 

Es tan larga la noche
y es tan corta la vida. 
Es tan sereno el silencio
y es tan huidiza la harmonía 
de la melodía, de la sintonía 
que desprenden, sensuales, las palabras certeras, 
las lanzas
las hachas
las flechas
las espadas. 

Suenan tan lejos los arpegios
y se siente tan viva la ausencia. 
De la alma la ambivalencia
de la mirada la ambigüedad. 
Del vino la dulzura.
De los pies la precariedad. 
Del abrazo la prisión. 
De la soledad la salvación. 
Del dolor la curación. 
Y del hechizo el despertar,
                         contínuo, como un trasiego, con tal veracidad,  
                                                            que eriza la espina dorsal. 


viernes, 27 de abril de 2012

Si me ves pasar...


Si me ves pasar, no me saludes. 
Deja que siga mi paso lento, rítmico, silencioso. 
Deja que mi mirada siga recorriendo el gris y triste suelo. 
Deja el sol se pose sobre mis hombros,
que nuestras voces no se crucen, 
que mis alas no se corten. 
Deja tu jaula de oro en el suelo,
guárdate el candado en el bolsillo,
                      (y dame a mí la llave.)
guarda tus halagos y tu imitada comprensión. 
Guarda tus juicios, tus descripciones sobre mi persona. 
Sólo quédate ahí, y quédate mirando. 
Quédate escuchando mis pasos. 
Recorre mis miradas si quieres. 
Pero, si me ves...
no me saludes. 

jueves, 26 de abril de 2012


Era negra noche, clara luna.
Te empezaste a mover, y entonces un tembloroso gemido empezó a resquebrajar la coraza que habitaba en mí. Y eras tú, con tus ojos color de miel, piel de aceituna, manos suaves y nudosas, cabellos ondulados pardos, ancho pecho y ancha espalda, fuertes hombros e incautos ademanes. Y fue tu sonrisa de ángel, tus facciones afiladas, tus cejas expresivas, tus labios cazadores. Y me moví en un rencoroso vaivén para recordarte quién manda aquí. Y entonces…un tembloroso gemido te recordó que estabas aquí. Debajo de mí.