El puño de
acero resbaló sobre mi sien.
El puño de
acero resbaló sobre mi sien.
El puño de
acero resbaló sobre mi sien.
El puño
estaba enfundado en cuero y me sentí morir.
Gotas de
sangre resbalaron amigablemente, rociaron mi cuello,
mi estupor,
todo mi ser.
Y las gotas
de sangre que yo bebí fueron resbalando,
e
impregnaron todo mi ser.
Entonces yo
sentí que la vida se me iba, se me iba…
Pero seguí
caminando
y caminando
hasta
encontrar el trecho maldito del camino.
Era un
batiburrillo de dolor y sequedad de color añil.
Se vestía
de rabia un cielo amarillento,
Y sus ojos
me miraron macilentos, mórbidos, temerosos, enfundados de un coraje horrible, falso,
con fecha de obsolescencia…
Y entonces entramos
ambos en la estancia, una pequeña oficina,
una sola
lámpara, un ambiente cargado de humo, y él llevaba en la frente escrita una sentencia,
decía:
“TE VOY A
PUTEAR”.
Y yo me
senté con los ojos hinchados, las manos nudosas y huesudas sobre mis rodillas,
el pecho
vendado, la mirada envenenada, y me dijo:
“Come.” “¡Come!”
Y ante mí
apareció un plato repleto de carne, e
hinqué el tenedor, y me lo metí en la boca.
Y
entonces…carne de hombre.
De lo que
odias, te alimentas.
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