Soy.
Desde el último escollo de humanidad
que te queda cuando enfureces
y en el primer recuerdo de tu infancia
existo como quién no pide otra cosa que respirar.
Desde la primera fibra que conforma
el último cabello de tu cabeza,
hasta las plantas de tus pies desnudos.
No es para mí.
Pero existo y sigo aquí
igual que aquella brisa imperecedera
que vuelve para visitarte cada verano,
para recordarte que el frío aún puede atormentarte,
yo existo.
Existo, y existo para amarte,
existo para que concilies el sueño
cuando pensamientos divagantes y oscuros
picoteen malévolamente las entrañas de tu conciencia,
existo para que tu alma vea colmados
sus más profundos deseos de ser entendida:
yo existo, desde siempre,
¡y siempre estaré ligado a ti!
Estoy, como quién escribe un poema
o talla una escultura al aire
para alargar sus brazos,
para que estés donde estés
sientas mi calor,
aquí, ahora, como si estuvieras en mi regazo.
Lanzo un canto al aire,
entono unas notas,
me basta con saber que lo respiras,
darme cuenta de que lo escuchas, de que, en algún rincón de mi conciencia,
doliente y aquejumbrado, tú me oyes,
como si fuera una profecía lejana,
un dolor tan viejo como vivo,
un olor antiguo,
la primavera de nuestros mejores besos.
Da igual que tu corazón deje de latir.
Que la sangre deje de irrigar las vísceras que te mantienen vivo.
Qué más da, si un día mi manera de sentir sufre un infarto:
lo importante es que estoy aquí.
Te llevo como quién lleva una prenda amada,
te tengo como quién tiene un objeto antiguo por puro sentimentalismo:
la cuestión es que sigo aquí.
Desde aquí yo grito,
yo lloro,
yo rezo,
yo me lamento,
yo envío mis plegarias a tu alma.
Yo lanzo mis abrazos al viento,
yo beso mis versos recién escritos,
como si ya fueran parte de tí,
como si fueran cada una de tus preciosas y entornadas facciones,
la piedra más pura y más bella que habrá parido madre naturaleza.
Te pienso, como si pudiera reventar tu cuerpo con mis manos,
a la distancia, con el dolor, de, quizá algún día,
mantener viva la esperanza de poder mirar en tus ojos,
y de leer en ellos algo que todavía no había descubierto.
Desleo los colores del atardecer,
que me queman con sus rojizos y morados ardientes:
lo eres todo para mí, lo eres todo,
y a la distancia, aunque no debería,
mi corazón sigue encaramado a la ilusión
de que poseas el talento de verme en ellos.
Yo existo,
doblegado, roto, sangriento,
y a veces aún me hallo helado,
bebiendo de la savia de las rosas muertas y adornándome de sus espinas.
Estoy aquí, a tu lado,
Aunque a veces se te olvide,
aunque no lo recuerdes
o no lo desees recordar.
Existo para que encuentres calma y tranquilidad
en las memorias más dolorosas de tu pasado,
para que te olvides de que cometiste algún pecado,
para amarte hasta que sea un sacrilegio,
para abrazar hasta el más incomprensible rincón de tu rabia,
para llevar mi pasión por ti hasta donde el afecto pierda su nombre.
Para que,
cuando vuelvas,
cuando recuerdes mi nombre,
puedas hacer todo el trayecto besando mi alma,
desplegando tus alas,
acariciando mi subsuelo,
calentando mis huesos
al amor del llanto,
en la alcoba de la pasión,
bebiendo de aguas de carne trémula,
apoyando mis anhelos en tu bella frente,
acomodando tus músculos a nuestro vaivén
tenebroso, pacífico, enfermizo, eterno.
Tan suave como un trayecto en tren
por una metrópolis devastada
por la guerra tranquila que se lleva tantas vidas,
como el interior de un vagón antiguo
invadido por el sol rojizo de una tarde apocalíptica
o como un pecho herido suavemente
por las balas de plomo.
Igual que las luces de la calle
recortan cables de alta tensión en el interior del salón
de tu hogar solitario
e igual que las líneas aquellas cuyos espacios no supiste leer
de tantos y tantos libros que guardas hacinados en alguna estantería
en tu dormitorio,
cerca de un colchón de varios años de vida
yo llevo en la sangre el eterno clamor
de millones de esquizofrénicos amantes,
de mil muertos andantes buscando
la putrefacción de tu ser constelado,
de un enfermo terminal encolerizado
que sabe que no podrá hacer nada por remediar su destino,
que muere sin saber si ha sido amado,
si ha sido apreciado y comprendido.
Eres,
tú eres.
Y por eso, sólo por eso…
yo existo.
1 comentario:
"existo y sigo aquí
igual que aquella brisa imperecedera
que vuelve para visitarte cada verano,
para recordarte que el frío aún puede atormentarte,
yo existo."
"Yo existo,
doblegado, roto, sangriento,
y a veces aún me hallo helado, "
Los trozos que más me han gustado.
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